30 setembro 2004

De Mar sin Orilla, de Andrés Trapiello, las diez palabras más bellas:


"1. . La palabra más bella.
2. Ultramarinos. Mi abuelo abrió después de la guerra un comercio de coloniales y ultramarinos en León, que pasó a mi padre, a imitación del abarrote que un pariente emigrado había abierto en México, durante la dictadura de Porfirio Díaz. De niño no alcancé nunca a saber qué significaba exactamente, pero me gustaba por lo que prometía de exótico y lejano. Para mí siempre orá unida a un chocolate de la marca El Indio, cuyas tabletas tenían un envoltorio de papel basto en el que aparecía estampada la cara de un indio motilón, naturalmente de color chocolate, empenachado de plumas sobre un fondo amarillo lleno de modernistas letras rojas. Si pienso en un azul ultramar imagino un azul, otra palabra mágica, más lejano que ninguno, un azul dios, un azul indiano, un azul niño, perdido, muerto muy lejos de su casa.
3. Rosa. Siempre distinta, eterna, 'pura contradicción, voluptuosidad de no ser el sueño de nadie bajo tantos párpados'.
4. Tranvía. Necesitamos de un tiempo pasado, no demasiado remoto, para que el nuestro se haga más soportable, ciudades cosmopolitas todavía sombrías y provincianas, en las que sólo se oigan los cascos de los caballos sobre los adoquines y los chasquidos eléctricos del trole en la red de los cables.
5. Arrayanes. El Sur, un surtidor, la huida.
6. Misericordia. Habla de lo mejor del hombre, pero en silencio.
7. Mar. Nace tan cerca del verbo amar, que casi son la misma palabra.
8. Mastina. Hace unos meses, durante una nevada, vimos a nuestra mastina echada en el olivar sobre la nieve. No se movía, mantenía erguida la cabeza con majestad, como una esfinge. Caían los copos sobre ella, se posaban en sus pestañas, pero ni siquiera parpadeaba. El corazón humano merecería haber sido creado con la misma materia.
9. Manantial. Nos hace pensar en algo profundo, limpio y fundamental.
10. Rocín. Es una palabra vieja y ya sin uso. En el Quijote aparece desde la tercera línea del primer capítulo hasta el final innúmeras veces, y sólo por eso sigue viva, al igual que otras que ya en tiempos de Cervantes resultaban demasiado arcaicas. Todas las palabras tienen un alma, incluso las muertas. Sólo hay que saber encontrársela o, en su defecto, dársela de nuevo".

[de Trapo]

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